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Claves semanales del 23 al 27 de marzo de 2026

BBVA AM España

23 de marzo de 2026

El escenario macroeconómico global ha cambiado de forma apreciable en pocas semanas, impulsado por una variable que durante años había permanecido en segundo plano: la energía. La guerra en Oriente Medio y, en particular, la disrupción en el estrecho de Ormuz, han introducido un shock de oferta relevante que está condicionando tanto las expectativas de crecimiento como las de inflación, obligando a los bancos centrales a recalibrar su función de reacción en un entorno de elevada incertidumbre.

Monitor de mercado

El elemento central es la naturaleza de la crisis. No se trata de una perturbación de demanda ni de un episodio financiero, sino de un estrangulamiento de una de las principales arterias del sistema energético global. El estrecho de Ormuz, por el que transita en torno a una quinta parte del petróleo mundial, se ha convertido en un punto de presión geopolítica con capacidad de generar disrupciones sostenidas incluso con una intensidad militar limitada. Basta con que el riesgo percibido sea elevado para que los costes de transporte y aseguramiento se disparen, reduciendo de facto los flujos energéticos globales.

El resultado inmediato ha sido un repunte significativo del precio del crudo, con niveles por encima de los 110 dólares, acompañado de una curva de futuros que sigue apuntando a una cierta normalización a medio plazo. Este matiz es relevante: el mercado no está descontando un escenario de disrupción estructural, pero sí un periodo de tensión suficientemente prolongado como para tener implicaciones macroeconómicas en los próximos trimestres. Incluso en un escenario de estabilización, la normalización de los flujos podría no ser inmediata, lo que introduce cierta persistencia en las presiones inflacionistas.

De mantenerse este contexto, el equilibrio macro se vería tensionado en la dirección conocida: menor crecimiento y mayor inflación. No obstante, conviene matizar que, por ahora, el escenario sigue siendo de desaceleración, no de contracción. Europa aparece como la región más expuesta, tanto por su dependencia energética como por la sensibilidad de su tejido productivo a los costes de producción, lo que la sitúa en una posición más vulnerable ante crisis de esta naturaleza.

En paralelo, el encarecimiento de la energía tiene un impacto directo sobre los precios, pero el foco de los bancos centrales está en los posibles efectos de segunda ronda. El traslado de mayores costes a precios finales y su eventual impacto sobre salarios y expectativas es lo que puede complicar el proceso de desinflación y condicionar la política monetaria en los próximos meses.

En este contexto, la reacción de los bancos centrales está siendo coherente en dirección, aunque diferenciada en intensidad. La Reserva Federal mantiene una postura prudente, a la espera de mayor visibilidad sobre la duración del shock, pero con un sesgo orientado a preservar la estabilidad de precios. La prioridad sigue siendo evitar un repunte sostenido de la inflación, por lo que cualquier relajación de la política monetaria queda supeditada a una clara moderación de la misma. Esta prudencia refleja un equilibrio delicado entre el riesgo de endurecer en exceso en un entorno de desaceleración y el riesgo de perder credibilidad si la inflación se consolida en niveles elevados.

En Europa, la situación es más compleja. La combinación de menor crecimiento y mayor inflación obliga a una respuesta más contundente. Las revisiones al alza de las previsiones de inflación que presentó el BCE, junto con escenarios de riesgo claramente sesgados hacia niveles superiores, apuntan a la necesidad de endurecer la política monetaria en el corto plazo. La zona euro ha pasado, en cuestión de semanas, de una posición relativamente cómoda a un entorno en el que el sesgo restrictivo se impone como medida preventiva frente a una crisis que amenaza con desanclar expectativas de inflación.

El Reino Unido se mueve en una posición intermedia, con un banco central más sensible al deterioro del mercado laboral, pero igualmente atento a la evolución de las expectativas de inflación. Japón, por su parte, enfrenta una dinámica distinta, donde la debilidad de la divisa amplifica el impacto del encarecimiento energético, favoreciendo una gradual normalización de su política monetaria.

Más allá de las diferencias regionales, el denominador común es claro: el ciclo global se enfrenta a una combinación incómoda de menor crecimiento, mayor inflación y condiciones financieras más restrictivas. Este entorno tiene implicaciones directas para los mercados. Por un lado, la revisión al alza de los tipos de interés reduce el atractivo relativo de los activos de riesgo, especialmente aquellos con valoraciones más exigentes y dependientes de flujos futuros lejanos. Por otro, la volatilidad asociada a la incertidumbre geopolítica y a la evolución de los precios energéticos introduce un componente adicional de inestabilidad.

En definitiva, el escenario actual es una manifestación de un cambio más profundo en la dinámica económica global. La energía vuelve a ocupar un lugar central en la ecuación macro, la inflación recupera protagonismo y los bancos centrales se ven forzados a priorizar la estabilidad de precios en un contexto más complejo. Para los mercados, esto implica navegar un entorno de menor visibilidad y mayor dispersión.