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Claves semanales del 13 al 17 de abril de 2026

BBVA AM España

13 de abril de 2026

El contexto macrofinanciero actual viene determinado, en gran medida, por un entorno geopolítico extraordinariamente inestable que ha entrado en una fase de negociación bajo tensión. El reciente anuncio de alto el fuego entre Estados Unidos e Irán ha sido recibido con alivio por los mercados, provocando una caída significativa del precio del crudo y un repunte de los activos de riesgo. Sin embargo, este movimiento refleja más una reacción táctica que un cambio estructural, ya que los elementos de fondo que han desencadenado la crisis siguen plenamente vigentes.

Monitor de mercado

El punto crítico continúa siendo el estrecho de Ormuz, que permanece de facto cerrado pese al alto el fuego, lo que introduce un elemento de incertidumbre difícil de modelizar. La negociación entre ambas partes se perfila como compleja y prolongada, con incentivos cruzados que podrían tanto favorecer un acuerdo como generar nuevos episodios de escalada. Este equilibrio inestable explica por qué los mercados han reaccionado positivamente en el corto plazo, pero sin descontar una normalización completa del escenario.

De hecho, incluso en el caso de que se alcance un acuerdo duradero, es poco realista pensar en un retorno rápido al entorno previo al conflicto. Las disrupciones en la oferta energética han sido de gran magnitud y requerirán tiempo para revertirse, tanto por los daños en infraestructuras como por la necesidad de reconstruir inventarios y restablecer flujos logísticos. En este contexto, el precio del petróleo se sitúa en una nueva zona de equilibrio claramente superior a la de comienzos de año, con implicaciones directas sobre inflación, política monetaria y crecimiento.

Este shock energético está empezando a trasladarse a los datos macroeconómicos, aunque de forma desigual. Por un lado, la actividad global sigue mostrando una notable resiliencia, especialmente en sectores vinculados al ciclo tecnológico. Las exportaciones asiáticas, impulsadas por el auge de la inversión en inteligencia artificial, se mantienen sólidas y reflejan que la demanda global no se ha visto gravemente afectada. Sin embargo, esta fortaleza convive con riesgos crecientes en las cadenas de suministro, particularmente en economías altamente dependientes de las importaciones energéticas del Golfo.

Europa, por su parte, se encontraba ya en una fase de desaceleración antes del estallido del conflicto, y los indicadores más recientes apuntan a una pérdida adicional de dinamismo. La combinación de menor impulso interno y encarecimiento energético configura un escenario de crecimiento débil, con una economía que se mantiene en expansión, pero con escaso margen de maniobra.

En paralelo, la inflación vuelve a situarse en el centro del debate. El repunte reciente responde fundamentalmente al componente energético, mientras que la inflación subyacente muestra señales de moderación, tanto en Europa como en Estados Unidos. Esta divergencia indica que, de momento, la inflación energética no se está trasladando al núcleo de la economía. En China, por ejemplo, se observa claramente esta dicotomía, con presiones en precios industriales impulsadas por materias primas, pero una traslación limitada al consumidor final debido a la debilidad de la demanda interna.

Por su parte, los indicadores adelantados reflejan un deterioro significativo de la confianza de los consumidores, especialmente en Estados Unidos, donde el aumento de las expectativas de inflación a corto plazo y la caída del sentimiento apuntan a un posible enfriamiento del gasto. Aunque el deterioro de las expectativas podría revertirse con cierta rapidez si se avanza hacia una paz duradera, añade un factor de incertidumbre adicional en un contexto en el que los datos reales ya mostraban cierta debilidad antes del conflicto.

En este contexto, los bancos centrales se enfrentan a un dilema. Por un lado, el encarecimiento de la energía introduce presiones inflacionistas que justificarían una política monetaria más restrictiva. Por otro, el deterioro del crecimiento y de la confianza aconseja prudencia. Esto explica por qué las curvas de tipos han ajustado al alza respecto a los niveles previos al conflicto, reflejando expectativas de políticas monetarias más restrictivas durante más tiempo. En Europa, este escenario se traduce en una mayor probabilidad de subidas de tipos adicionales en el corto plazo, en la medida en que los riesgos inflacionistas siguen sesgados al alza y la normalización energética es incierta. En Estados Unidos, en cambio, el enfoque es más equilibrado, con la posibilidad de recortes más adelante si el deterioro del ciclo se intensifica. Japón mantiene una senda de normalización gradual, mientras que el Reino Unido se sitúa en un compás de espera.

En conjunto, el escenario que emerge es el de una economía global que sigue creciendo, pero bajo una creciente presión de riesgos geopolíticos, energéticos y financieros. Los mercados, por ahora, optan por centrarse en el mejor escenario posible —una resolución negociada del conflicto—, pero la volatilidad seguirá siendo elevada en las próximas semanas.