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Claves semanales del 12 al 16 de enero de 2026

BBVA AM España

13 de enero de 2026

El arranque de 2026 confirma que el entorno económico y financiero ha entrado en una fase estructuralmente distinta a la que hemos conocido en las últimas décadas. La combinación de tensiones geopolíticas persistentes, una política económica estadounidense impredecible y un ciclo de inversión tecnológica de enorme magnitud está alterando las jerarquías tradicionales de los mercados y forzando a los inversores a convivir con un nivel de incertidumbre política y estratégica inusualmente elevado.

Monitor de mercado

En el plano geopolítico, el comienzo del año ha sido especialmente elocuente. La intervención estadounidense en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro abren un proceso político incierto y con implicaciones económicas potencialmente relevantes. Desde una perspectiva global, el foco se sitúa en el petróleo. Venezuela dispone de las mayores reservas probadas del mundo y, aunque el aumento de producción será gradual, la expectativa de una normalización parcial de su sector energético introduce un sesgo bajista adicional en el mercado del crudo. En el corto plazo, el impacto es limitado, pero a medio plazo reduce la probabilidad de escenarios extremos de precios.

Más allá del caso venezolano, lo verdaderamente significativo es el mensaje implícito sobre el nuevo enfoque de la política exterior estadounidense. La reafirmación de una prioridad clara sobre el hemisferio occidental, unida a una disposición explícita a utilizar el poder militar y económico, refuerza la percepción de que el orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial está siendo reemplazado por una lógica más transaccional y menos multilateral. Las referencias recurrentes a Groenlandia, la ambigüedad estratégica respecto a Irán y la forma en que Europa calibra cada movimiento en función de la reacción de Washington ilustran hasta qué punto la política se ha convertido en un factor de riesgo sistémico para los mercados.

En Asia, las tensiones entre China y Japón, que se han materializado en restricciones a exportaciones de ciertos bienes de uso dual y potencialmente de tierras raras, añaden otra capa de fragilidad. Aunque el impacto inmediato ha sido contenido, el episodio recuerda que las cadenas de suministro siguen siendo vulnerables y que sectores clave como vehículos eléctricos, robótica industrial o componentes electrónicos continúan expuestos a decisiones políticas abruptas. La reacción moderada de los mercados financieros sugiere cierta habituación a este tipo de episodios, pero también un riesgo latente de complacencia.

Sin embargo, sería un error concluir que la macroeconomía ha dejado de importar. En Estados Unidos, los últimos datos confirman una economía que sigue mostrando una notable resiliencia. El mercado laboral mantiene su solidez, con una tasa de desempleo en descenso, y el crecimiento de los ingresos laborales continúa siendo robusto. Al mismo tiempo, la inflación podría repuntar a corto plazo, en parte por efectos técnicos y en parte por la transmisión de aranceles y distorsiones derivadas del cierre administrativo previo. Este contexto reduce de forma significativa el margen de maniobra de la Reserva Federal. La narrativa de recortes rápidos de tipos pierde credibilidad a la luz de los últimos datos de empleo publicados en Estados Unidos.

Europa, por su parte, presenta un entorno de actividad más débil, pero a la vez menos inquietante. La inflación se sitúa cerca del objetivo del BCE y la desaceleración de precios es relativamente amplia, aunque con ruido en algunos componentes volátiles. El crecimiento sigue siendo débil y heterogéneo entre países, con Alemania mostrando tímidas señales de mejora vinculadas al gasto en infraestructuras, mientras que otros grandes países avanzan con mayor dificultad.

China continúa siendo uno de los grandes interrogantes de 2026. Los últimos datos confirman un modelo de crecimiento cada vez más dependiente de las exportaciones, en un contexto de demanda interna débil y presiones desinflacionistas persistentes. La inflación subyacente permanece anémica y los estímulos, aunque presentes, no logran revertir la falta de confianza del sector privado. Para los mercados globales, esto implica que China seguirá exportando desinflación al resto del mundo, al tiempo que aumenta la fricción comercial con sus principales socios.

Sobre todo este entramado se superpone el gran vector estructural de la década: la inversión masiva en inteligencia artificial. Este ciclo actúa como un shock positivo de productividad, especialmente concentrado en Estados Unidos, y explica buena parte de la fortaleza relativa de su economía y de sus mercados de capitales. Al mismo tiempo, introduce riesgos evidentes de sobreinversión y de concentración excesiva, tanto sectorial como bursátil. La paradoja es clara: la IA es una fuente genuina de crecimiento potencial, pero también el principal catalizador de desequilibrios financieros si los flujos de caja reales terminan decepcionando las expectativas.

En conjunto, el mensaje para los inversores es que nos movemos en un mundo donde la política y la tecnología condicionan los resultados tanto como los fundamentales macroeconómicos clásicos, donde la volatilidad geopolítica será una constante, y donde la disciplina en la asignación de capital vuelve a ser una ventaja competitiva. En este contexto, adaptarse a este cambio de régimen se antoja imprescindible.