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Claves semanales del 2 al 6 de febrero de 2026

BBVA AM España

02 de febrero de 2026

El arranque de 2026 está dejando una sensación incómoda pero ya familiar para los mercados: el ruido político es constante, intenso y potencialmente desestabilizador, pero su impacto económico efectivo sigue siendo, por ahora, limitado.

Monitor de mercado

El arranque de 2026 está marcado por una combinación poco habitual de fortaleza macroeconómica y elevada inestabilidad financiera, con el mercado de divisas como principal canal de transmisión de las tensiones geopolíticas y políticas.

El episodio más relevante de las últimas semanas ha sido el brusco movimiento del dólar estadounidense, cuya depreciación no responde a un deterioro cíclico de la economía norteamericana, sino a un aumento de la prima de riesgo asociada a la imprevisibilidad política y a señales contradictorias en materia de política económica y monetaria. Este matiz es clave: estamos ante un movimiento defensivo de los inversores internacionales, que han optado por cubrir su exposición al dólar sin deshacer posiciones de forma masiva en activos estadounidenses.

Desde el punto de vista macro, el impacto directo de esta depreciación del dólar sobre la economía de Estados Unidos es limitado. La economía norteamericana sigue siendo relativamente cerrada y de gran tamaño, lo que amortigua el efecto de los movimientos cambiarios sobre crecimiento e inflación. Incluso asumiendo que el ajuste del dólar se consolide, el estímulo adicional sobre la actividad y los precios sería modesto y muy gradual. A corto plazo, además, un dólar algo más débil encaja con los incentivos políticos de una administración que quiere llegar a las elecciones de mitad de mandato con un crecimiento sólido y unos mercados bursátiles resistentes. Mejora la competitividad exterior y eleva el valor en dólares de los beneficios obtenidos en el extranjero por las grandes compañías cotizadas, compensando parcialmente el encarecimiento de las importaciones.

La Reserva Federal, por su parte, se mantiene deliberadamente al margen del ruido cambiario. La decisión de mantener los tipos sin cambios y el mensaje de “pausa prolongada” reflejan una lectura de equilibrio: la inflación sigue moderándose, el mercado laboral se ha estabilizado y los tipos se sitúan cerca del nivel neutral. El nombramiento de Kevin Warsh como candidato a la presidencia de la Fed ha contribuido a calmar los temores de una deriva heterodoxa, reforzando la idea de continuidad institucional. No se anticipan giros bruscos ni en la orientación de los tipos ni en el marco operativo de la política monetaria, aunque sí es plausible una evolución gradual hacia una comunicación menos dependiente de cada dato mensual. El escenario central sigue siendo compatible con recortes adicionales más adelante en el año, pero condicionados a que las presiones inflacionistas ligadas a aranceles y costes se disipen de forma clara.

Donde el movimiento del dólar sí tiene implicaciones más directas es en Japón. La debilidad prolongada del yen había pasado a ser un problema económico y político de primer orden, alimentando inflación importada y erosionando el poder adquisitivo de los hogares. La reciente apreciación del yen alivia estas tensiones y reduce la urgencia de nuevas subidas de tipos por parte del Banco de Japón. Al mismo tiempo, introduce un elemento adicional en el delicado equilibrio entre política fiscal y monetaria, justo cuando el país afronta elecciones con promesas de estímulo fiscal difíciles de conciliar con la estabilidad del mercado de deuda. Un yen más fuerte ofrece cierto margen, pero no elimina los problemas estructurales ni el riesgo de episodios de volatilidad si vuelve la combinación de subidas de rentabilidades y presión cambiaria.

En Europa, el foco se desplaza hacia el euro. La moneda única ha alcanzado niveles que empiezan a incomodar al Banco Central Europeo, no porque exista un objetivo cambiario explícito, sino porque una apreciación persistente complicaría el proceso de normalización de la inflación. El crecimiento, sin embargo, está sorprendiendo al alza. El cierre de 2025 dejó datos mejores de lo previsto en las principales economías del área, con un comportamiento especialmente sólido de la demanda interna y un mercado laboral que sigue mostrando una resiliencia notable. Este contexto refuerza la estrategia del BCE de mantener la máxima flexibilidad: reconocer los riesgos a la baja derivados de la incertidumbre global y del entorno comercial, pero sin comprometerse prematuramente con una senda concreta de recortes. Mientras la desinflación siga su curso y la actividad resista, no hay prisa por actuar.

El Reino Unido presenta una dinámica similar, aunque con matices propios. La inflación continúa moderándose y el crecimiento es modesto, lo que mantiene abiertas las puertas a nuevas bajadas de tipos. Sin embargo, el banco central es consciente de que se acerca a la neutralidad y de que cualquier movimiento adicional exige evidencias claras de enfriamiento del mercado laboral y de los salarios. El tono seguirá siendo prudente, con decisiones equilibradas y un sesgo gradual a la baja, pero lejos de un ciclo agresivo de relajación.

En conjunto, el panorama global combina una economía real que aguanta mejor de lo esperado con unos mercados financieros extremadamente sensibles a señales políticas, especialmente en el ámbito de las divisas. El dólar seguirá siendo el termómetro central: no tanto por lo que diga sobre el ciclo estadounidense, sino por lo que revela sobre la confianza de los inversores en el marco institucional y en la coherencia de la política económica. En este entorno, la volatilidad cambiaria no debe interpretarse como un simple ruido de mercado, sino como una advertencia. El crecimiento puede ser sólido, pero la estabilidad financiera descansa cada vez más en la credibilidad de las instituciones y en la consistencia de las decisiones políticas.