Claves semanales del 9 al 13 de febrero de 2026
09 de febrero de 2026
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La economía global parece mantenerse en un punto de inflexión interesante. No hay recesión en el horizonte, pero tampoco una senda despejada hacia un crecimiento estable y sincronizado.
Monitor de mercado


El elemento que empieza a articular el debate económico, monetario y financiero es la productividad, que se percibe como una variable decisiva para entender si el actual equilibrio entre crecimiento, inflación, empleo y sostenibilidad fiscal es transitorio o puede consolidarse.
En Estados Unidos, este debate es especialmente relevante. Buena parte de las valoraciones actuales de los mercados de renta variable, en particular en los segmentos más ligados a la tecnología y a la inteligencia artificial, descuentan un aumento significativo y relativamente rápido de la productividad. La narrativa es conocida: la IA actuaría como una tecnología de propósito general capaz de transformar no solo sectores concretos, sino el conjunto de la economía, elevando el crecimiento potencial sin generar presiones inflacionistas equivalentes. Esa expectativa es la que permitiría compatibilizar un crecimiento sólido con tipos de interés más bajos y déficits fiscales elevados.
El problema es que, por ahora, la evidencia es incompleta y contradictoria. Los datos agregados de productividad en Estados Unidos han mejorado respecto al periodo previo a la pandemia y, en los últimos trimestres, se sitúan en niveles algo superiores a la media histórica. Sin embargo, la volatilidad de estas métricas es elevada y distinguir entre efectos cíclicos, ajustes estadísticos y cambios estructurales reales sigue siendo extremadamente complejo en tiempo real. A esto se suma que la traslación efectiva de la IA a ganancias de eficiencia generalizadas, especialmente en el amplio sector servicios, dista de estar demostrada. Las experiencias empresariales muestran avances claros en algunos procesos, pero también numerosos proyectos fallidos, sobreestimaciones iniciales y resultados decepcionantes.
Este contexto condiciona de forma directa la política monetaria. La Reserva Federal se enfrenta a un dilema: anticipar una mejora sostenida de la productividad podría justificar una postura algo más laxa en tipos, incluso con una inflación que aún no ha convergido plenamente al objetivo. Pero hacerlo sin pruebas sólidas entraña riesgos evidentes de error de política. En el corto plazo, además, la economía estadounidense muestra señales de moderación en el mercado laboral, con un enfriamiento gradual de la demanda de empleo. Estas señales refuerzan la necesidad de cautela y reduce el margen para decisiones claramente acomodaticias.
En Europa, el panorama es distinto, aunque no exento de incertidumbres. El Banco Central Europeo mantiene un discurso de estabilidad, insistiendo en que la política monetaria se encuentra en una “buena posición”. La inflación general ha descendido con mayor rapidez de lo previsto, impulsada en parte por efectos energéticos, y la inflación subyacente, especialmente en servicios, empieza a mostrar signos más claros de moderación. Paralelamente, el crecimiento sigue siendo débil y muy desigual entre países. Alemania apenas sale del estancamiento, Francia y España muestran mayor resiliencia, e Italia avanza a un ritmo modesto. En este contexto, el riesgo para el BCE no es tanto un rebrote inflacionista como una desaceleración prolongada que acabe consolidando un crecimiento estructuralmente bajo. Por ahora, la institución parece cómoda con una pausa prolongada, con un sesgo que, si se inclina en alguna dirección, lo hace hacia tipos algo más bajos en el medio plazo.
El Reino Unido ofrece una señal distinta. El Banco de Inglaterra ha sorprendido con un tono más laxo, reflejando una percepción de mayor debilidad en el mercado laboral y una moderación más rápida de las presiones salariales. Aun así, el margen para una relajación agresiva es limitado, y todo apunta a que el ciclo de recortes será corto y prudente, condicionado por la evolución de la actividad en la segunda mitad del año.
En Asia, Japón pasó claramente al primer plano tras una victoria electoral muy amplia de la coalición gobernante, que refuerza de forma decisiva la continuidad política y reduce de manera significativa la incertidumbre institucional. El resultado otorga al Ejecutivo un margen de maniobra excepcional para desplegar su agenda económica y fiscal, y traslada el foco del mercado desde la estabilidad política hacia la política monetaria. En este contexto, la persistente debilidad del yen y el repunte gradual de la inflación incrementan la presión sobre el Banco de Japón para avanzar en la normalización de su política. Con un respaldo político más sólido y menor riesgo de bloqueo legislativo, se estrecha el espacio de la institución para diferir la retirada de estímulos, incluso aunque el crecimiento económico continúe siendo moderado.
En conjunto, el escenario global es el de una economía que resiste, pero que se apoya en supuestos exigentes. La productividad se ha convertido en la variable que debe justificar simultáneamente valoraciones elevadas, políticas fiscales laxas y una transición monetaria ordenada. Si esas mejoras se materializan de forma amplia y sostenida, el actual equilibrio podría prolongarse. Si no lo hacen, el riesgo es una corrección gradual de expectativas, con implicaciones relevantes para mercados, bancos centrales y gobiernos.
