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Claves semanales del 14 al 18 de septiembre de 2026

BBVA AM España

14 de septiembre de 2026

El escenario económico y financiero global se ha vuelto sensiblemente más exigente en las últimas semanas, fundamentalmente porque la escalada del conflicto con Irán está provocando nuevas presiones inflacionistas, justo cuando las economías desarrolladas continúan mostrando una resistencia considerable. El deterioro de la navegación por el Estrecho de Ormuz, las acciones de los hutíes en el Mar Rojo y los ataques sufridos por la infraestructura saudí, han reducido los flujos energéticos y provocado fuertes subidas no sólo del petróleo, sino también del gas natural y, de forma especialmente relevante, de los productos refinados.

Monitor de mercado

Cómo la crisis energética y los tipos altos amenazan la economía global

El Brent terminó la semana alrededor de 105 dólares por barril, frente a una media de 68 dólares en 2025, mientras el gas europeo se ha más que duplicado respecto al promedio del año pasado, hasta unos 80 euros/MWh. Más preocupante todavía es la situación del diésel: la reducción de la capacidad de refino disponible en el Golfo y Rusia ha convertido a Estados Unidos en un proveedor crítico, drenando sus inventarios domésticos y llevando el precio en surtidor hacia los 6 dólares por galón. Dada su utilización intensiva en transporte, agricultura y cadenas logísticas, el diésel constituye probablemente uno de los canales más importantes a través de los cuales la crisis energética puede acabar trasladándose desde los mercados de materias primas hacia los precios finales.

El principal riesgo es, por tanto, que la inflación deje de ser simplemente un fenómeno energético. En la eurozona, la combinación de petróleo, gas y elevados márgenes de refino podría seguir impulsando la inflación general en los próximos meses, y cuanto más prolongado sea el conflicto, mayor será la posibilidad de sufrir efectos de segunda ronda.

Teherán puede considerar que los elevados precios de la gasolina estadounidense aumentan su capacidad negociadora en las semanas previas a las elecciones de mitad de mandato, por lo que existe un incentivo político para prolongar la tensión.

Este entorno está colocando a los bancos centrales en una compleja disyuntiva. La inflación provocada por una crisis de oferta resulta mucho más difícil de combatir que la generada por un exceso de demanda: subir tipos no produce petróleo ni gas, pero no actuar aumenta el riesgo de desanclaje de expectativas y de transmisión hacia la inflación subyacente. De ahí que las rentabilidades soberanas hayan alcanzado máximos de muchos años en Estados Unidos, Alemania, Reino Unido y Japón y que el ciclo monetario mundial haya vuelto a girar hacia el endurecimiento.

En Europa, el BCE elevó esta semana el tipo de depósito al 2,50% y el deterioro adicional de las perspectivas de inflación aumenta la probabilidad de otra subida de 25 puntos básicos en diciembre, hasta el 2,75%. La fortaleza de la actividad facilita esa decisión: el PIB de la eurozona creció un 0,6% trimestral en el segundo trimestre, el mejor registro en cuatro años, aunque buena parte del impulso procedió del crecimiento de la volátil Irlanda.

En Estados Unidos, el IPC de agosto tampoco proporcionó suficiente tranquilidad. La inflación sigue sin converger hacia el objetivo con la claridad necesaria y la economía mantiene un crecimiento sólido y un mercado laboral cercano al pleno empleo. Todo apunta así a una subida de 25 puntos básicos de la Fed la próxima semana, hasta el 3,75%-4,00%, probablemente acompañada de algunas disensiones dentro del FOMC. El mercado contempla además otra subida en diciembre, lo que supone una política monetaria considerablemente más restrictiva de lo que esperaba el mercado hace apenas unos meses.

Japón completa este giro global: el Banco de Japón podría elevar esta semana su tipo desde el 1% hasta el 1,25%, acelerando el ritmo de normalización, con nuevas subidas previstas en enero y julio hasta alcanzar un tipo terminal del 1,75%. Reino Unido constituye la excepción relativa: el Banco de Inglaterra probablemente mantendrá el 3,75%, aunque con una comunicación más agresiva ante el deterioro de las perspectivas inflacionistas.

Mientras tanto, las previsiones siguen apuntando a una sólida expansión del PIB mundial en 2026 y en 2027, con Estados Unidos creciendo alrededor del 2% este año y la eurozona un 1%, mientras España continúa destacando claramente dentro de Europa. China, por el contrario, continúa mostrando una fuerte divergencia entre una industria relativamente sólida y una demanda doméstica débil.

Para los mercados financieros, la combinación de petróleo alto, inflación más persistente, bancos centrales más agresivos y rentabilidades soberanas estructuralmente elevadas, genera un cóctel particularmente complejo, que presiona a los bonos y las valoraciones bursátiles. Sin embargo, tampoco estamos ante un escenario inequívocamente bajista para los activos de riesgo. La actividad económica continúa resistiendo, la inversión tecnológica mantiene un impulso considerable y el deterioro energético sigue estando lejos de los extremos de 2022.

El principal riesgo de corto plazo es, por lo tanto, que la crisis energética dure lo suficiente como para convertir una inflación de hidrocarburos en inflación subyacente y obligar a los bancos centrales a endurecer más de lo previsto. Si, por el contrario, la diplomacia consigue restaurar progresivamente los flujos por Ormuz y aliviar los precios energéticos, una parte importante de la actual presión inflacionista y sobre los mercados de bonos podría revertirse con rapidez. Mientras se resuelve esa disyuntiva, el escenario favorece una actitud tácticamente prudente: la economía mundial conserva soportes suficientes para evitar una visión negativa a medio y largo plazo, pero la combinación de energía cara y tipos altos mantendrá elevada la volatilidad durante las próximas semanas.