Claves semanales del 13 al 17 de julio de 2026
13 de julio de 2026
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La economía mundial atraviesa una fase en la que los grandes motores del mercado ya no son exclusivamente económicos, sino crecientemente geopolíticos y fiscales. Aunque los fundamentales de crecimiento siguen siendo razonablemente sólidos, la volatilidad ha aumentado porque las decisiones de gobiernos y bancos centrales están cada vez más condicionadas por conflictos internacionales, elevados niveles de deuda pública y una nueva fuente de presión estructural: la inversión masiva en inteligencia artificial.
Monitor de mercado


Volatilidad en los Mercados Financieros: Claves de la Inflación Global y la Crisis Energética
El principal foco de incertidumbre continúa siendo Oriente Medio. La tregua alcanzada entre Estados Unidos e Irán ha demostrado ser extremadamente frágil y los episodios de escalada militar han devuelto una elevada volatilidad al mercado energético. Sin embargo, el comportamiento reciente del petróleo también muestra que los inversores siguen considerando improbable un escenario de interrupción permanente del suministro. El Brent ha reaccionado con fuertes oscilaciones, llegando a superar los 80 dólares por barril antes de retroceder rápidamente cuando reaparecen señales de diálogo entre ambas partes. Esta evolución refleja que el mercado continúa descontando un conflicto de baja intensidad, pero mantiene una prima de riesgo significativa mientras permanezcan abiertas cuestiones estratégicas como el control del Estrecho de Ormuz.
Más allá del precio del crudo, existe un aspecto menos visible, pero probablemente más importante para la inflación global: el mercado de productos refinados. Los ataques ucranianos sobre infraestructuras energéticas rusas han reducido de forma muy significativa la capacidad de refino del país y han llevado a Moscú a restringir completamente sus exportaciones de diésel. Como consecuencia, mientras el petróleo ha corregido parte de las subidas iniciales, los precios internacionales del gasóleo continúan muy por encima de los niveles previos al conflicto. Este fenómeno introduce un componente adicional de inflación sobre transporte, logística e industria que podría prolongarse incluso si el precio del crudo se estabiliza.
En paralelo, la política fiscal comienza a convertirse en una fuente creciente de preocupación para los mercados de deuda. Japón representa el ejemplo más evidente. Los ambiciosos planes de inversión pública anunciados por el nuevo Gobierno, junto con propuestas de reducción de impuestos y una deuda superior al 200% del PIB, han provocado un fuerte aumento de las rentabilidades de la deuda pública japonesa y una depreciación del yen. Los inversores empiezan a cuestionar hasta qué punto el Banco de Japón podrá seguir manteniendo unas condiciones monetarias acomodaticias en un entorno de inflación creciente y mayor presión sobre las finanzas públicas.
Europa tampoco escapa a estas tensiones. En Francia, la posibilidad de que Marine Le Pen pueda concurrir finalmente a las elecciones presidenciales de 2027 vuelve a situar el foco sobre la sostenibilidad fiscal del país. Con una deuda cercana al 118% del PIB y déficits públicos superiores al 5%, los mercados perciben que cualquier promesa electoral expansiva dificultará aún más la consolidación presupuestaria. En el Reino Unido, aunque Andy Burnham, el que muy probablemente se convertirá en el próximo primer ministro, mantiene formalmente el compromiso con las reglas fiscales, los últimos informes oficiales muestran que la trayectoria de la deuda pública resulta difícilmente sostenible sin ajustes significativos en los próximos años. En ambos casos, los mercados de bonos se están convirtiendo en el principal mecanismo disciplinador de las políticas económicas.
Este entorno obliga a los bancos centrales a mantener una elevada flexibilidad. La Reserva Federal continúa enfrentándose a un equilibrio especialmente delicado. Por una parte, el descenso de los precios energéticos respecto a los máximos alcanzados durante el conflicto ofrece cierto alivio sobre la inflación general. Por otra, las presiones subyacentes siguen siendo relevantes y la fuerte inversión asociada a la inteligencia artificial comienza a aparecer explícitamente como un nuevo factor inflacionista. La demanda extraordinaria de centros de datos, semiconductores, memoria y software empresarial está impulsando determinadas categorías de precios y podría retrasar el efecto desinflacionista esperado de las mejoras futuras de productividad. Las actas del último FOMC muestran que existe división sobre la necesidad de nuevas subidas de tipos, pero también dejan claro que el umbral para volver a endurecer la política monetaria ha disminuido si reaparecen tensiones inflacionistas.
En la eurozona el diagnóstico es parecido. Aunque la moderación reciente del petróleo ha reducido parte de la presión inmediata, los responsables del Banco Central Europeo consideran que los riesgos sobre la inflación siguen inclinados al alza. Los futuros del petróleo permanecen por encima de los niveles anteriores al conflicto, los precios del gas apenas han retrocedido y persisten importantes riesgos sobre las cadenas de suministro. A ello se añade una economía que está mostrando una resistencia superior a la prevista y unas presiones sobre los costes industriales que todavía no se han trasladado completamente al consumidor. Todo ello mantiene abierta la posibilidad de una nueva subida de tipos en septiembre.
En conjunto, el escenario económico continúa siendo compatible con un crecimiento moderado de la actividad global, pero acompañado de un entorno mucho más incierto para la inflación y los mercados financieros. Para los inversores, ello implica que la volatilidad seguirá siendo elevada y que la evolución de la energía, la política fiscal y los beneficios empresariales serán probablemente tan determinantes para los mercados como los propios indicadores tradicionales del ciclo económico.
