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Claves semanales del 6 al 10 de julio de 2026

BBVA AM España

06 de julio de 2026

La segunda mitad del año arranca con un entorno algo más favorable que hace apenas unas semanas, pero también más complejo de gestionar. La corrección del petróleo tras la relajación de las tensiones entre Estados Unidos e Irán ha eliminado, al menos de momento, el peor escenario para los bancos centrales: un impacto simultáneo de inflación al alza y crecimiento a la baja.

Monitor de mercado

La caída del crudo reduce las presiones sobre costes, mejora el sentimiento de consumidores y empresas y permite que la discusión monetaria vuelva a centrarse en los fundamentos domésticos. Sin embargo, sería prematuro concluir que el problema inflacionista está resuelto. La inflación sigue por encima de los objetivos en buena parte de las economías desarrolladas y las presiones acumuladas en la cadena de producción aún pueden trasladarse a precios finales durante los próximos meses.

El foco principal sigue estando en la política monetaria. En la eurozona, el BCE transmite una imagen relativamente ordenada. La subida de tipos de junio se defiende como una decisión necesaria para evitar que la inflación se enquistara por encima del 2%, pero el debate sobre los próximos pasos está mucho más abierto. La caída de la energía reduce la urgencia de nuevas actuaciones, aunque todavía existe el riesgo de que las presiones de costes acumuladas terminen filtrándose a servicios y bienes industriales. El escenario más razonable es que el BCE mantenga un sesgo restrictivo, pero con mucha mayor dependencia de los datos. La posibilidad de una subida adicional en septiembre sigue viva, aunque el listón para justificarla será más alto si el petróleo continúa estabilizado.

En Estados Unidos, la situación es más delicada. La llegada de Warsh a la presidencia de la Fed ha introducido una nueva dimensión de incertidumbre. Su mensaje combina tres elementos: defensa explícita de la independencia del banco central, compromiso con devolver la inflación al 2% y rechazo a ofrecer una guía clara sobre los próximos movimientos. Además, su intención de reformar la comunicación, el gráfico de puntos y el tamaño del balance de la institución puede ser razonable desde un punto de vista teórico, pero también puede generar volatilidad en la fase de transición. La Fed parece inclinada a mantenerse en pausa durante la segunda mitad del año, pero el comité está dividido y no puede descartarse que aparezcan votos favorables a nuevas subidas si la inflación se resiste a moderarse.

Los datos estadounidenses siguen enviando señales mixtas. La actividad continúa siendo sólida: el ISM manufacturero se mantiene claramente en terreno expansivo, la confianza del consumidor ha mejorado modestamente y el crecimiento del segundo trimestre apunta a una expansión cercana al 2% anualizado. Sin embargo, el mercado laboral ha perdido algo de tracción. La creación de empleo de junio fue muy inferior a lo esperado y las revisiones de meses anteriores fueron negativas. Aun así, la media de tres meses sigue siendo razonable y la tasa de paro cayó al 4,2%, aunque en parte por una menor participación laboral. La conclusión para la Fed es que la economía no se está deteriorando de forma clara, pero tampoco ofrece una señal que justifique endurecer la política monetaria de inmediato.

En Europa, el tono económico ha mejorado ligeramente al final del segundo trimestre. Las encuestas de confianza de la Comisión Europea apuntan a cierta estabilización, con avances en manufacturas y servicios, especialmente en Alemania, Italia y España. El consumidor también muestra síntomas de recuperación tras el deterioro observado en marzo y abril, y algunos datos duros, como las ventas minoristas alemanas o el consumo de bienes en Francia, empiezan a confirmar esa mejora. Aun así, la recuperación sigue siendo frágil. La eurozona crece poco, con un ritmo trimestral estimado en torno al 0,2%, y la inflación, aunque ha bajado al 2,8%, sigue lejos de poder darse por controlada.

China sigue mostrando una economía a dos velocidades. La industria mejora de forma modesta, con el PMI manufacturero apenas por encima del umbral de expansión, apoyado por sectores tecnológicos y exportadores. Sin embargo, la demanda interna continúa débil, la construcción permanece en contracción y los sectores vinculados al inmobiliario siguen siendo un lastre. La inflación al consumo debería mantenerse muy contenida, reflejo de una economía donde la capacidad de trasladar costes a los hogares sigue siendo limitada. El apoyo de la política monetaria y de liquidez continúa, pero el mercado estará pendiente de las próximas reuniones políticas para valorar si llegan estímulos adicionales de mayor calado.

Japón es uno de los casos más interesantes. La encuesta Tankan mostró una mejora notable de la confianza empresarial, con el índice de grandes manufactureras en máximos desde 2018 y el sector no manufacturero también muy fuerte. Además, las expectativas de inflación empresarial han repuntado y las tensiones laborales siguen siendo significativas. Todo ello refuerza la tesis de nuevas subidas de tipos por parte del Banco de Japón. La dificultad es que el yen se ha depreciado hasta niveles extremos frente al dólar, lo que aumenta la probabilidad de intervención cambiaria y, si no fuera suficiente, podría incluso acelerar el calendario de normalización monetaria.

Desde el punto de vista de mercados, el telón de fondo sigue siendo constructivo, pero menos lineal. La inteligencia artificial ha contribuido a reactivar el ciclo manufacturero global, como reflejan los PMI, pero la volatilidad reciente en semiconductores y en Corea recuerda que las valoraciones ya descuentan mucho éxito futuro. La segunda mitad del año exigirá más selectividad: el mercado tendrá que distinguir entre compañías realmente beneficiadas por el ciclo de inversión en IA y aquellas que simplemente han sido arrastradas por el entusiasmo general. En conjunto, el entorno favorece seguir invertido, pero con menos complacencia: crecimiento razonable, menor presión energética y bancos centrales más tranquilos, frente a inflación aún elevada, comunicación monetaria menos predecible y mercados de tecnología mucho más sensibles a cualquier decepción.