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Claves semanales del 16 al 20 de marzo de 2026

BBVA AM España

16 de marzo de 2026

La economía global atraviesa un momento marcado por una combinación poco habitual de incertidumbre geopolítica, presiones energéticas y un ciclo monetario en transición.

Monitor de mercado

El conflicto en Oriente Medio se ha convertido en el principal foco de atención de los mercados, no solo por sus implicaciones políticas sino, sobre todo, por su capacidad para alterar el precio de la energía y, con ello, las perspectivas de inflación y crecimiento. Dos semanas después del inicio de las hostilidades, el petróleo se mantiene por encima de los 100 dólares por barril y la volatilidad financiera ha repuntado de forma significativa, con episodios de fuertes oscilaciones tanto en los mercados de renta variable como en los tipos de interés.

La principal característica de este episodio es la elevada incertidumbre sobre su duración y su desenlace. A diferencia de otros eventos geopolíticos recientes que tenían un componente político más fácilmente reversible, la naturaleza militar del conflicto introduce un elemento de imprevisibilidad mucho mayor. En episodios anteriores, los mercados tendían a confiar en que decisiones políticas agresivas acabarían suavizándose cuando aparecían tensiones financieras. Sin embargo, en un enfrentamiento militar directo esta lógica es mucho menos evidente. La capacidad de Irán para interrumpir el tráfico energético en el Golfo, especialmente a través del estrecho de Ormuz, implica que incluso sin una escalada militar mayor el conflicto puede seguir afectando de forma significativa al suministro global de petróleo durante un periodo prolongado.

Desde el punto de vista macroeconómico, el impacto potencial del encarecimiento del petróleo es relativamente claro. Si el crudo se mantuviera cerca de los niveles actuales durante el resto del año, el efecto más probable sería un entorno de crecimiento más débil y una inflación más persistente. En términos agregados, el crecimiento global podría reducirse ligeramente, mientras que la inflación se vería impulsada al alza de forma más notable. Este patrón es característico de los shocks energéticos: un deterioro moderado de la actividad combinado con presiones inflacionistas adicionales.

Sin embargo, el contexto actual difiere en varios aspectos clave del que predominaba durante otros episodios recientes de tensiones energéticas, como la invasión rusa de Ucrania en 2022. Entonces, el shock energético coincidió con un momento de demanda global extraordinariamente fuerte tras la reapertura de las economías después de la pandemia. El consumo acumulado durante los confinamientos, unido a políticas fiscales muy expansivas y a condiciones financieras extremadamente laxas, generó un entorno de fuerte presión inflacionista que amplificó el impacto del encarecimiento de la energía. Hoy la situación es distinta. El impulso fiscal es mucho más moderado, la demanda global es más débil y los mercados laborales, aunque todavía sólidos, no presentan el grado de tensión observado hace cuatro años.

También el entorno monetario es sustancialmente diferente. En 2022, los bancos centrales partían de tipos de interés cercanos a cero y balances todavía inflados por años de programas de compra de activos. Actualmente, tras uno de los ciclos de endurecimiento monetario más intensos de las últimas décadas, las condiciones financieras se sitúan en niveles mucho más restrictivos. Los tipos reales son significativamente más altos que entonces, lo que limita el riesgo de que un choque energético se traduzca en un desanclaje de las expectativas de inflación.

No obstante, la experiencia inflacionista de los últimos años sigue pesando sobre las decisiones de política económica. Los bancos centrales son conscientes de que reaccionaron tarde al repunte de precios posterior a la pandemia, y ese recuerdo condiciona ahora su comunicación y su estrategia. Aunque el encarecimiento de la energía pueda considerarse en parte un fenómeno transitorio, existe un temor evidente a repetir errores del pasado. En este contexto, la respuesta más probable de los bancos centrales es una combinación de prudencia y vigilancia. Las autoridades monetarias parecen dispuestas a evitar movimientos bruscos mientras evalúan la persistencia de la crisis, pero al mismo tiempo mantienen un tono más firme respecto a los riesgos inflacionistas.

En el corto plazo, esto se traduce en una pausa generalizada en los ciclos de política monetaria. La Reserva Federal se encuentra en una posición relativamente cómoda para mantener los tipos estables mientras observa la evolución de la inflación subyacente y del mercado laboral. Aunque el encarecimiento del petróleo podría retrasar eventuales recortes, la economía estadounidense presenta una mayor capacidad de absorción del shock energético que otras regiones, en parte gracias a su producción doméstica de hidrocarburos. En contraste, Europa y el Reino Unido se enfrentan a un impacto potencialmente más intenso debido a su mayor dependencia de las importaciones energéticas.

Para la economía europea, el escenario más plausible es un crecimiento más débil acompañado de una inflación algo más persistente. La combinación de menor dinamismo económico y presión sobre los precios constituye el clásico patrón de estanflación leve asociado a los shocks energéticos. Este entorno podría obligar a los responsables de política monetaria a adoptar una postura más cautelosa durante más tiempo, especialmente si comienzan a aparecer efectos de segunda ronda en salarios o expectativas de inflación.

En los mercados financieros, la consecuencia inmediata de este nuevo escenario es un aumento de la volatilidad. El petróleo actúa como el principal canal de transmisión del conflicto hacia la economía global, y cualquier noticia relacionada con la evolución de las hostilidades o con la reapertura de las rutas marítimas en el Golfo se traduce rápidamente en movimientos bruscos en los precios energéticos y en los activos financieros. Al mismo tiempo, los inversores intentan evaluar hasta qué punto la crisis actual puede alterar las perspectivas de política monetaria y de crecimiento global.

En conjunto, el panorama económico sigue siendo razonablemente sólido, pero claramente más frágil que hace unas semanas. En este contexto, la evolución del conflicto en Oriente Medio se ha convertido en el principal factor a vigilar para los mercados en el corto plazo. Mientras persista la incertidumbre sobre su duración y sobre el impacto real en el suministro energético mundial, es probable que los mercados financieros sigan caracterizados por episodios de volatilidad elevada y por una mayor sensibilidad a cualquier cambio en el equilibrio entre crecimiento e inflación.