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Claves semanales del 6 al 10 de abril de 2026

BBVA AM España

06 de abril de 2026

La economía global atraviesa un momento de elevada complejidad en el que confluyen factores geopolíticos, energéticos y macroeconómicos que interactúan de forma no lineal. Cinco semanas después del inicio del conflicto en Oriente Medio, la incertidumbre persiste, la desescalada no se vislumbra en el corto plazo y el impacto económico empieza a hacerse visible, aunque todavía de forma incompleta. La evolución futura dependerá en gran medida de la duración del conflicto y, especialmente, del grado de disrupción de los flujos energéticos y comerciales a través de la región.

Monitor de mercado

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El primer canal de transmisión de la crisis geopolítica ha sido, como cabía esperar, el energético. Los precios del petróleo se han mantenido en niveles elevados, reflejando tanto la interrupción parcial de suministros como el riesgo de escalada bélica. Este encarecimiento no solo afecta directamente a los costes energéticos, sino que se está trasladando progresivamente al conjunto de la economía. Los indicadores adelantados de marzo, en particular los PMI manufactureros, muestran ya un aumento significativo de los costes de los insumos a nivel global, acompañado de incrementos en los precios de venta. Este patrón se ha observado de forma bastante homogénea en Estados Unidos, Europa, Reino Unido y buena parte de Asia, lo que confirma que el shock energético está teniendo una transmisión rápida y generalizada en la cadena de producción.

Sin embargo, la reacción del resto de variables económicas ha sido, por ahora, más contenida. La confianza de los consumidores ha retrocedido, pero de forma moderada en comparación con otros episodios recientes de crisis, como la pandemia o el inicio de la guerra en Ucrania. De manera similar, las expectativas de inflación han mostrado un comportamiento mixto. Mientras que algunos indicadores apuntan a un cierto repunte, especialmente en horizontes más cortos, las expectativas a medio y largo plazo permanecen bien ancladas. Esta divergencia sugiere que los agentes económicos, al menos por el momento, interpretan la crisis energética como potencialmente transitoria, aunque con riesgos al alza si la situación se prolonga.

En paralelo, los mercados financieros han comenzado a ajustar su narrativa. Tras una primera reacción dominada por el miedo a la inflación —que se tradujo en un repunte acusado de los tipos de interés en los tramos cortos de la curva—, se observa ahora un cambio de enfoque hacia los riesgos para el crecimiento. Los tipos siguen en niveles elevados, pero el mercado ha corregido parcialmente el movimiento inicial, incorporando la posibilidad de que el encarecimiento de la energía termine erosionando la demanda a través de la pérdida de poder adquisitivo y el endurecimiento de las condiciones financieras. Este giro refleja una mejor comprensión del shock, ya que no se trata únicamente de inflación, sino de una combinación de presiones inflacionistas y riesgos de desaceleración.

Este equilibrio inestable entre inflación y crecimiento no afecta por igual a todas las regiones. De hecho, una de las características más destacadas del entorno actual es la creciente divergencia entre economías. Algunas regiones muestran una notable capacidad de adaptación. Es el caso de China, donde los indicadores de actividad han sorprendido positivamente, con el sector manufacturero regresando a terreno expansivo y las exportaciones manteniendo un dinamismo significativo, impulsadas por sectores vinculados a la transición energética y la tecnología. Esta resiliencia se explica en parte por la menor dependencia relativa del petróleo, gracias a la diversificación de fuentes de suministro, el desarrollo de energías renovables y la electrificación de la economía, así como por la existencia de reservas estratégicas que amortiguan el impacto de las disrupciones.

En este contexto de divergencia, Estados Unidos también presenta una posición relativamente favorable frente al shock energético. A diferencia de episodios anteriores, la economía estadounidense cuenta hoy con un grado elevado de autosuficiencia energética, lo que limita el impacto directo del encarecimiento del petróleo sobre su balanza externa y su crecimiento. Además, la fortaleza del mercado laboral y la resiliencia del consumo siguen actuando como principales soportes del ciclo, mientras que la inversión, especialmente en tecnología y equipamiento, continúa mostrando un dinamismo significativo. Esta combinación permite a la economía estadounidense absorber mejor el shock actual y, sobre todo, otorga a la Reserva Federal un mayor margen para adoptar una actitud prudente, evitando reaccionar de forma excesiva ante un repunte de la inflación de origen externo.

En contraste, otras economías, en particular las europeas, presentan una mayor vulnerabilidad estructural. Aquellas más dependientes de las importaciones energéticas y con menor margen de maniobra en política económica afrontan un entorno más exigente. En estos casos, el aumento de los costes energéticos actúa como un freno directo sobre la actividad, al reducir la renta disponible de los hogares y presionar los márgenes empresariales. Si este proceso se prolonga, el riesgo es que el deterioro del sentimiento termine traduciéndose en decisiones más prudentes de consumo e inversión, amplificando el impacto negativo sobre el crecimiento.

Más allá del corto plazo, el conflicto está teniendo implicaciones de mayor alcance sobre la configuración del sistema económico global. El entorno actual refuerza tendencias que ya estaban en marcha, como la fragmentación geopolítica, la búsqueda de autonomía estratégica y el replanteamiento de las cadenas de suministro. La seguridad energética emerge como una prioridad central, lo que previsiblemente impulsará un nuevo ciclo de inversión tanto en infraestructuras tradicionales como en energías renovables. Al mismo tiempo, la necesidad de reforzar la capacidad defensiva y tecnológica apunta hacia un aumento sostenido del gasto en estos ámbitos.

Este cambio de paradigma implica también una reconsideración del modelo de globalización vigente en las últimas décadas. El paso de un sistema basado en la eficiencia hacia otro centrado en la resiliencia supone un aumento estructural de los costes, pero también una reducción de la vulnerabilidad frente a shocks externos. En este contexto, la asignación de capital a nivel global podría experimentar cambios significativos, con un mayor énfasis en la inversión doméstica en algunas economías y una posible moderación de los flujos internacionales.

En suma, la economía global no se encuentra ante una crisis inmediata, pero sí ante un entorno más incierto y potencialmente más volátil. El shock energético está empezando a trasladarse a la economía real, pero su impacto final dependerá de su duración y de la capacidad de las distintas regiones para adaptarse. Mientras tanto, los mercados transitan desde una lectura centrada en la inflación hacia una más equilibrada, en la que los riesgos para el crecimiento adquieren un peso creciente.