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Claves semanales del 7 al 11 de septiembre de 2026

BBVA AM España

07 de septiembre de 2026

El escenario económico y de mercados entra en septiembre con un crecimiento que continúa mostrando una resistencia considerable, pero el conflicto en Irán y la inflación energética mantienen a los bancos centrales bajo presión. Estados Unidos sigue siendo el principal foco de incertidumbre monetaria.

Monitor de mercado

Bancos centrales, energía y tipos altos: las claves económicas para septiembre

La Reserva Federal ofrece actualmente señales contradictorias, ya que mientras su presidente ha insistido en la necesidad de preservar una postura claramente antiinflacionista, otros miembros del FOMC consideran que los últimos datos permiten esperar antes de volver a subir los tipos. Esta divergencia ha provocado fuertes oscilaciones en las expectativas del mercado: la probabilidad de una subida en septiembre cayó hasta el 36% antes de Jackson Hole, repuntó posteriormente hasta el 58%, volvió al 50% tras las declaraciones más moderadas de Christopher Waller y regresó hacia el 60% después de conocerse un informe de empleo de agosto mejor de lo esperado.

La creación de 162.000 puestos de trabajo, acompañada de revisiones al alza de meses anteriores, una tasa de paro estable en el 4,1% y una mejora de la participación laboral y de los ingresos de los hogares, confirma que el mercado laboral mantiene suficiente fortaleza como para que la Fed pueda seguir concentrándose en la inflación. La atención se desplaza ahora casi completamente hacia los datos de precios del próximo viernes. Se espera que el encarecimiento de la energía impulse el IPC general alrededor de un 0,4% mensual, mientras la inflación subyacente avanzaría aproximadamente un 0,2%, según las estimaciones del consenso. Una lectura próxima a estas cifras sería compatible con una desinflación gradual, pero no serviría para disipar las dudas sobre la decisión de la Fed el próximo 16 de septiembre.

Europa presenta una situación algo diferente. La inflación general de la eurozona aceleró hasta el 3,3% en agosto, fundamentalmente por la energía, mientras la subyacente descendió al 2,4% gracias a una moderación de los servicios. Sin embargo, la actividad económica está resistiendo mejor de lo previsto, lo que prácticamente asegura una subida de 25 puntos básicos del BCE este jueves, llevando la facilidad de depósito al 2,5%, límite superior estimado de la zona neutral. El escenario más probable sería que éste fuera el último movimiento del ciclo y que los tipos permanecieran posteriormente estables, pero el riesgo está claramente sesgado hacia un endurecimiento adicional si los precios energéticos continúan elevados.

Japón avanza igualmente en dirección restrictiva: la inflación subyacente se encuentra cerca del objetivo, las condiciones financieras continúan siendo acomodaticias y el mercado prácticamente descuenta una subida en septiembre. El verdadero debate ha dejado de ser si el Banco de Japón subirá ahora para centrarse en la velocidad posterior de normalización, con nuevas subidas previsibles en enero y julio de 2027. Esta sincronización de políticas monetarias más restrictivas ayuda a explicar uno de los fenómenos más importantes del momento: las rentabilidades de los bonos a largo plazo están subiendo simultáneamente en las principales economías, reforzando la percepción de que el mundo de tipos excepcionalmente bajos ha quedado definitivamente atrás.

A esta presión monetaria se añade el principal riesgo macroeconómico inmediato: la energía. El conflicto entre Estados Unidos e Irán parece evolucionar hacia un estancamiento prolongado, con episodios recurrentes de escalada pero sin una resolución militar o diplomática clara. El Brent se mantiene en la zona media de los 90 dólares y la reserva estratégica estadounidense ha caído hasta 287 millones de barriles, mínimos desde 1982. Más preocupante todavía es la situación de los productos refinados, con el diésel estadounidense cerca de máximos históricos. Europa presenta una vulnerabilidad adicional: el gas cotiza alrededor de 72 euros/MWh, más del doble que antes del conflicto, mientras los inventarios europeos se encuentran únicamente al 65,9% de capacidad, frente al 78,3% hace un año y el 92,5% en 2024, lo que implica que Europa afronta el próximo invierno con un colchón energético inusualmente reducido.

China, por su parte, continúa ofreciendo una imagen de crecimiento desequilibrado. Los PMI de agosto permanecen en terreno contractivo —49,8 en manufacturas y 49,3 en servicios—, aunque existen señales de mejora en pedidos y exportaciones, especialmente en industrias tecnológicas. El problema continúa siendo la debilidad de la demanda doméstica y una estrategia cada vez más dependiente de las exportaciones. Esta situación está generando una reacción política creciente en el resto del mundo: en la última reunión del G20, 19 países respaldaron medidas contra políticas que agravan los desequilibrios globales, quedando China prácticamente aislada, lo que eleva el riesgo de nuevas fricciones comerciales con Estados Unidos, Europa y otras regiones. A corto plazo, Pekín prepara además un nuevo impulso de inversión en infraestructuras, mientras las exportaciones podrían continuar creciendo a tasas cercanas al 30%, apoyadas por IA y productos de alta tecnología.

En conjunto, la economía mundial sigue creciendo, pero lo hace dentro de un régimen caracterizado por mayor inflación, tipos elevados y creciente fragmentación geopolítica y comercial. Para los mercados, la ausencia de una recesión, la fortaleza del empleo estadounidense, la resistencia del consumo y el ciclo inversor asociado a tecnología e infraestructuras siguen proporcionando soporte a los activos de riesgo, pero simultáneamente petróleo y gas caros, tipos largos persistentemente elevados y bancos centrales todavía restrictivos limitan el margen para una expansión adicional de valoraciones.

Septiembre se presenta así como una prueba exigente para el mercado: mientras el crecimiento y los beneficios resistan, las potenciales correcciones seguirán siendo episodios dentro de una tendencia constructiva; pero para que los activos de riesgo recuperen un avance más sostenido será necesario que la inflación permita finalmente estabilizar los tipos y, sobre todo, que la crisis energética deje de alimentar simultáneamente precios, rentabilidades de la deuda y expectativas de política monetaria.