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Claves semanales del 30 de marzo al 3 de abril de 2026

BBVA AM España

30 de marzo de 2026

La situación económica y de mercados se encuentra en un punto de equilibrio inestable, en el que la incertidumbre geopolítica ha pasado a convertirse en el principal determinante de las expectativas macroeconómicas y financieras a corto plazo. Tras varias semanas de conflicto en Oriente Medio, la ausencia de una resolución clara y la persistencia del cierre del estrecho de Ormuz han introducido un nuevo régimen de mercado caracterizado por mayor volatilidad, presión inflacionista y un deterioro gradual de la visibilidad.

Monitor de mercado

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A pesar de este entorno, la reacción de los mercados ha sido, hasta ahora, relativamente contenida. Los activos financieros han ajustado precios, especialmente en los tramos cortos de las curvas de tipos, pero sin reflejar un escenario de disrupción severa del crecimiento. Este comportamiento sugiere que el escenario central sigue siendo el de un conflicto intenso pero acotado en el tiempo, cuyo impacto principal se canaliza a través de la inflación más que del crecimiento. Bajo esta hipótesis, la economía global mantendría una expansión razonablemente sólida, en torno al 3%, apoyada además por un ciclo de inversión que presenta características estructurales y relativamente independientes del ciclo tradicional.

Este punto es especialmente relevante. Más allá del ruido geopolítico, continúa desarrollándose un potente ciclo inversor vinculado a la inteligencia artificial, la digitalización, las infraestructuras energéticas y el gasto en defensa. Se trata de vectores de demanda menos sensibles a las fluctuaciones cíclicas y que están proporcionando un soporte adicional al crecimiento global. En paralelo, los beneficios empresariales, particularmente en Estados Unidos, mantienen una trayectoria robusta, con expectativas de crecimiento significativas que refuerzan la resiliencia del mercado de renta variable.

Sin embargo, este equilibrio es frágil. La persistencia del conflicto y la interrupción de flujos energéticos han elevado de forma sostenida los precios del petróleo y del gas, introduciendo presiones inflacionistas que los mercados ya han comenzado a descontar. La subida de los rendimientos soberanos, especialmente en los tramos cortos, refleja una revisión al alza de las expectativas de tipos de interés, ante la previsión de que los bancos centrales deban reaccionar a este nuevo entorno de precios. Al mismo tiempo, el repunte de las rentabilidades a largo plazo incorpora una prima adicional asociada a la incertidumbre fiscal y a la posibilidad de un contexto de inflación más persistente.

La clave está en que, aunque los mercados han reaccionado, la economía real apenas empieza a mostrar las primeras señales del impacto. Los indicadores adelantados, particularmente los PMI en Europa, ya apuntan a una dinámica más compleja: debilitamiento de la demanda, aumento significativo de los costes de producción y aparición de cuellos de botella en las cadenas de suministro. Aunque el traslado de los mayores costes a los precios finales ha sido, por ahora, limitado, la experiencia sugiere que este efecto puede intensificarse con el tiempo.

En Estados Unidos, la situación es algo más equilibrada. La economía mantiene una mayor inercia y los indicadores muestran un deterioro más moderado. El mercado laboral continúa sólido, como subrayan las modestas cifras de solicitudes de subsidios por desempleo. Las expectativas de inflación, por su parte, no han experimentado un repunte significativo, lo que otorga a la Reserva Federal cierto margen para mantener una postura de espera y evaluación. No obstante, el equilibrio es delicado, ya que el impacto sobre la renta real de los hogares derivado del encarecimiento de la energía aún no se ha reflejado plenamente en el consumo.

En contraste, algunas economías emergentes, particularmente en Asia, muestran una mayor capacidad de resistencia. China, por ejemplo, se beneficia de mecanismos de control de precios que limitan el traslado del encarecimiento del crudo a la economía doméstica, así como de una posición estratégica en la producción de tecnologías vinculadas a la transición energética.

En este contexto, los bancos centrales se enfrentan a un entorno complejo. La prioridad sigue siendo evitar un desanclaje de las expectativas de inflación, pero la incertidumbre sobre la duración y la intensidad del shock dificulta la calibración de la política monetaria. En Europa, el sesgo es claramente hacia nuevas subidas de tipos, ante el riesgo de una inflación más persistente. En cambio, en Estados Unidos predomina una actitud más prudente, con una mayor disposición a esperar antes de ajustar la política. Esta divergencia añade un elemento adicional de volatilidad a los mercados, especialmente en divisas y tipos de interés.

En definitiva, el escenario actual implica una transición hacia una fase más compleja y exigente. El crecimiento se mantiene, apoyado por factores estructurales, pero pierde inercia. La inflación repunta y se vuelve más incierta. Y los mercados, aunque todavía ordenados, comienzan a reflejar un equilibrio más frágil. La evolución de la situación geopolítica será determinante, no tanto por su impacto inmediato, sino por su capacidad de prolongar un entorno de elevada incertidumbre que, con el tiempo, puede acabar erosionando tanto la actividad como la confianza.