Claves semanales del 19 al 23 de enero de 2026
19 de enero de 2026
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Como ya comentamos la pasada semana, el arranque de 2026 está marcado por una aparente paradoja: el entorno político y geopolítico se ha vuelto más ruidoso e imprevisible, mientras que los mercados financieros se comportan como si ese ruido apenas existiera.
Monitor de mercado


La acumulación de iniciativas disruptivas desde Estados Unidos ha elevado los indicadores de riesgo geopolítico a niveles claramente superiores a la media histórica. Sin embargo, la reacción de los activos financieros ha sido, hasta ahora, sorprendentemente contenida. La volatilidad implícita en renta variable y tipos de interés se mantiene en mínimos, los diferenciales de crédito globales han vuelto a niveles previos a la Gran Crisis Financiera y los principales índices bursátiles mundiales cotizan en zona de máximos históricos.
Esta desconexión no es casual. Los mercados han optado por concentrarse casi exclusivamente en dos pilares: la solidez de los datos macroeconómicos, especialmente en Estados Unidos, y la persistencia de una narrativa constructiva en torno a la inversión en inteligencia artificial. Todo lo demás —tensiones institucionales, amenazas arancelarias, fricciones geopolíticas— ha sido filtrado. Es una estrategia eficaz en el corto plazo, pero no exenta de riesgos, ya que ignora un entorno en el que los equilibrios políticos son especialmente frágiles.
En Estados Unidos, el foco se situó en la Reserva Federal. La investigación judicial abierta contra Jerome Powell y la incertidumbre sobre su relevo como presidente añadieron una capa de ruido institucional adicional. Sin embargo, desde el punto de vista de política monetaria, el impacto práctico parece limitado. El consenso dentro del FOMC sigue siendo el ancla efectiva de las decisiones, y ni la investigación ni el proceso de nombramiento del próximo presidente alteran, por ahora, la trayectoria esperada de los tipos.
Los datos macroeconómicos estadounidenses refuerzan esa sensación de continuidad. El consumo sigue mostrando una resiliencia notable, apoyado en un mercado laboral que, aunque se enfría gradualmente, continúa generando empleo suficiente para sostener el gasto. La inflación, por su parte, ha sorprendido recientemente a la baja, con un dato de IPC subyacente en diciembre inferior a lo esperado, debido principalmente a la debilidad en bienes duraderos como los automóviles. No obstante, los servicios, especialmente el componente de vivienda, siguen mostrando presiones, y los efectos de reajustes de precios a comienzos de año y del traslado de costes arancelarios apuntan a repuntes temporales en los próximos meses. El escenario base sigue siendo el de una economía que crece a un ritmo moderado, con inflación descendiendo de forma irregular pero compatible con una política monetaria menos restrictiva.
Fuera de Estados Unidos, Japón emerge como uno de los focos más interesantes del ciclo global. Tras décadas de estancamiento relativo, la economía japonesa combina ahora inflación positiva, crecimiento razonable y un banco central que ha iniciado, con cautela, la normalización de tipos. La decisión de la nueva primera ministra de convocar elecciones anticipadas introduce incertidumbre política, pero también abre la puerta a una redefinición más clara del marco fiscal y monetario. El Banco de Japón, previsiblemente, esperará a que se despeje el panorama político antes de avanzar con su normalización monetaria.
Europa presenta un cuadro más estable, aunque menos dinámico. Los últimos datos sugieren que la eurozona cerró 2025 con un crecimiento modesto pero positivo, apoyado en una mejora gradual de la producción industrial y una inflación que converge de forma creíble hacia el objetivo del 2%. Este entorno permite al BCE mantener los tipos estables, a la espera de confirmar que la recuperación es sostenible. No es un escenario brillante, pero sí suficientemente sólido como para reducir los riesgos de cola que dominaron la narrativa europea en años anteriores.
China, por su parte, sigue mostrando una dualidad muy marcada. El sector exterior continúa sorprendiendo al alza, con exportaciones fuertes hacia mercados distintos de Estados Unidos y un claro liderazgo de productos de mayor valor añadido y tecnología verde. Sin embargo, la demanda interna permanece débil, como reflejan la escasa tracción del crédito privado, la desaceleración del consumo y la contracción persistente de la inversión en activos fijos. Este patrón sugiere que el crecimiento chino en 2026 dependerá, en gran medida, de su capacidad para seguir ganando cuota en el comercio global, más que de una reactivación doméstica contundente.
En conjunto, el mensaje de los mercados es inequívoco: mientras los datos macro aguanten y la narrativa tecnológica siga viva, el ruido político será ignorado. El problema es que esa estrategia asume que el ruido no se convertirá en señal. La experiencia histórica aconseja prudencia. La combinación de valoraciones exigentes, volatilidad comprimida y elevada complacencia suele ser estable hasta que deja de serlo.
